El 44% podrÃa votar contra alguien: la lógica del rechazo que ya está moldeando 2027
30 de junio de 2026
Durante décadas, la teorÃa clásica del comportamiento electoral se apoyó en un supuesto: el votante elige al candidato o al partido que mejor representa sus preferencias, sus valores o sus intereses. La polÃtica, en ese esquema, funciona como un mercado de adhesiones: cada ciudadano busca, dentro de la oferta disponible, la opción que más se parece a sà mismo. El problema es que cada vez esta hipótesis explica peor lo que sucede en las urnas.
En la Argentina —y en buena parte de las democracias contemporáneas— una proporción consistente del electorado vota motivada principalmente por el rechazo al adversario, más que por la simpatÃa hacia el elegido. Es lo que la literatura especializada llama voto negativo: una decisión electoral impulsada con más fuerza por las actitudes negativas hacia los partidos y candidatos opositores que por la adhesión al partido o candidato propio. El votante negativo, dicho en simple, no vota por quien prefiere: vota contra quien rechaza.
Lo interesante es que ese fenómeno puede medirse. Y los datos de la última encuesta nacional de QSocial muestran que el voto negativo no es una variable secundaria del proceso electoral argentino: es uno de los principales motores de la decisión, y va a jugar un rol decisivo en 2027.
Cuatro de cada diez argentinos están dispuestos a votar contra alguien
Cuando preguntamos en nuestra última medición si estarÃan dispuestos a votar a alguien que no les gusta del todo si creen que esa persona puede ganarle al candidato que menos quieren, el 44% respondió que sÃ. Es decir: cuatro de cada diez argentinos admiten —explÃcitamente— que estarÃan dispuestos a votar en clave defensiva, eligiendo no por convicción sino por contención del adversario. El número es, en sà mismo, una radiografÃa cultural: muestra a una sociedad donde la lógica del “voto útil” ya no es la excepción de un domingo electoral particular, sino una predisposición estable.
Ese 44% promedio, sin embargo, no se distribuye de manera uniforme. Cuando se mira por segmentos polÃticos, aparecen diferencias que ordenan el tablero de cara a 2027 y obligan a leer con cuidado los movimientos que ya están en marcha.
Milei y Massa: la base dura más blindada (pero no del todo)
Entre quienes votaron a Milei, la disposición al voto negativo se ubica en 42%. Entre quienes votaron a Massa, en 40%. Son valores prácticamente idénticos y, sobre todo, muy cercanos al promedio general. La lectura es doble. Por un lado, ambos bloques se parecen: tienen un núcleo identitario relativamente sólido —seis de cada diez en cada espacio no se moverÃan por rechazo—, pero también una franja significativa dispuesta a hacerlo. Por otro lado, ese 40% no es marginal: equivale a casi la mitad de cada electorado dispuesto, eventualmente, a reordenar su decisión en función de quién aparezca enfrente.
La conclusión polÃtica es relevante. Para Milei, ese 42% es una capa intermedia entre el núcleo duro y el votante prestado: gente que lo acompañó pero que, si el rival genera el suficiente rechazo, lo va a sostener incluso desde el escepticismo. Para el peronismo, el 40% entre votantes de Massa funciona de manera análoga: cuesta sumar por adhesión, pero hay un piso defensivo importante si el adversario activa los miedos correctos.
Bullrich: el 71% que marca el verdadero punto de tensión
El segmento más interesante es el de quienes votaron a Patricia Bullrich. AllÃ, la disposición al voto negativo trepa al 71%. Es, por lejos, el valor más alto de toda la serie. Y no es un dato anecdótico: dice mucho sobre la naturaleza identitaria de ese electorado y, sobre todo, sobre los riesgos estratégicos que enfrenta el PRO de cara a 2027.
Lo que ese 71% expresa es que el votante del PRO se construyó, en buena medida, en oposición al kirchnerismo. Su voto es, en proporciones importantes, un voto contra: contra el regreso K, contra el modelo del 2003-2015, contra una identidad polÃtica que percibe como amenaza. Esa lógica funcionó cuando el PRO era la principal alternativa de contención. El problema aparece cuando deja de serlo.
Si en 2027 el PRO presenta candidato y aparece, simultáneamente, una oferta peronista con chances reales de ganar, una parte importante del electorado del PRO puede migrar hacia la opción que perciba con más posibilidades de impedir esa victoria. En ese escenario, Milei tiene un arma fundamental: el miedo al retorno K como vehÃculo de tracción del voto PRO. No necesita seducir a ese electorado: le alcanza con presentarse como el único capaz de frenar lo que el otro rechaza. Es exactamente la lógica con la que él mismo construyó parte del ballotage 2023.
Para el PRO, entonces, el dilema es estructural. Si presenta candidatura propia, corre el riesgo cierto de quedar atrapado en una pinza: por un lado, la fuerza electoral de LLA; por el otro, la lógica de voto útil de su propio electorado, que prioriza derrotar al peronismo antes que sostener una identidad partidaria.
Los apáticos: una predisposición menor, pero existente
Hay un cuarto segmento que merece atención especÃfica, aun cuando su comportamiento sea más difÃcil de prever: los votantes en blanco y los no votantes. AllÃ, la disposición al voto negativo promedia el 30%. Es un valor menor al del resto, pero no es despreciable. Lo relevante de este grupo no es tanto su tamaño actual como su elasticidad polÃtica.
Una parte de ese electorado puede mantenerse al margen, repitiendo en 2027 el comportamiento de no participar o emitir voto en blanco. Pero otra parte —ese 30% latente— admite, ya hoy, que podrÃa salir del refugio si aparece una opción percibida como necesaria para bloquear al candidato que más rechaza. Esa franja, todavÃa silenciosa, puede inclinarse en una u otra dirección según cómo se ordene la oferta y según qué adversario lograr instalar como el más temido.
2027: una elección donde el adversario importa tanto como el candidato propio
Lo que estos datos muestran es que el voto negativo no es un fenómeno marginal del electorado argentino: es un componente central. Y que va a jugar, además, en al menos tres planos simultáneos rumbo a 2027.
En primer lugar, en la capacidad de cada espacio para activar miedos. La inteligencia de campaña ya no consiste solo en mostrar virtudes propias; consiste en construir y administrar el rechazo al rival. Esto, para mejor o para peor, es lo que la evidencia comparada lleva tiempo confirmando.
En segundo lugar, en la pelea por el votante PRO. La gran pregunta estratégica del año que viene es si el espacio amarillo conservará su identidad electoral o si su electorado quedará subsumido en LLA por lógica de voto útil. Ese 71% de predisposición negativa es una señal de alarma para los dirigentes del PRO y, al mismo tiempo, una oportunidad concreta para Milei. La candidatura peronista que termine perfilándose será, paradójicamente, una de las variables más decisivas para definir ese desenlace:
cuanto más “temido” sea el candidato peronista, más fácil será para LLA traccionar al electorado PRO bajo la bandera de la unidad antikirchnerista.
En tercer lugar, en la disputa por los apáticos. Ese 30% de votantes en blanco y no votantes dispuesto, al menos en principio, a salir del margen si la oferta se polariza, es un territorio en el que hoy nadie está trabajando. Quien logre leerlo a tiempo puede encontrar allà un activo electoral significativo.
En conclusión, estos datos no significan que la convicción haya dejado de importar. Los candidatos que logren construir una narrativa propia, que enamoren y que ofrezcan algo más que una contracara del rival, seguirán teniendo una ventaja estructural. Pero a esa lógica positiva se le va a superponer, inevitablemente, una segunda capa: la lógica del rechazo. Ganar en 2027 va a exigir las dos cosas: dar razones para ser votado y, al mismo tiempo, ser percibido como la opción capaz de detener al adversario más temido.


